miércoles, 8 de julio de 2020

El Almuerzo

Cuando entré a la cocina me sentí sólo, desprotegido, igual de nervioso que un chiquillo que se mete a bailar sin saber moverse, consciente de que estaba a punto de hacer el más grande de los ridículos. Abrí una bolsa de tallarines que había en la alacena y los dejé caer sobre una olla con agua caliente. Desesperado comencé a revisar los cajones buscando algún libro o manual de cocina, o quizás había por ahí algunos recortes con la recetas de salsas rápidas de algún chef sea Virgilio Martinez o Don Pedrito; algo como para hacer, no sé cómo, en dos minutos. A lo lejos Romina gritó: "¿Necesitas ayuda?", por supuesto que la necesitaba. El susto y el orgullo pudieron más, así que le respondí que no, que se quedara tranquila, que todo estaba "bajo control".
Volví a la sala para ver si Romina premiaba mi espíritu culinario con un beso o una sonrisa, pero la noté sumamente distraída con un cuadrúpedo de cuya presencia no me había percatado; un intruso: "Pulgas", mi perro, que había entrado en escena no sé por dónde para acurrucarse debajo de los pies de Romina.
-Espera, lo voy a sacar para estar más cómodos- dije.
-No, no, déjalo, pobrecito; afuera hace frío.
-A él le gusta el frío.
Pulgas pareció entenderme, porque me gruñó, mostrándome los colmillos; nunca lo hace pero supongo que la presencia de una mujer guapa, que además despedía cierto aroma en el ambiente, lo tenia alterado. Ni bien me acerqué para retirarlo, el chusco can -dándose de fino Rottweiler que no reconoce a su dueño- me ladró y por poco me muerde la mano.
Inesperadamente se creó un conflicto de intereses entre mi perro y yo; al parecer los dos queríamos quedarnos a solas con Romina.
Como Pulgas no me hizo caso por las buenas, lo tuve que sacar por las malas, expulsándolo al patio.
A estas alturas ya todo había empezado a irse al diablo, yo me había bebido prácticamente sólo la botella de vino, y Romina ya no sabia que comer, pues las provisiones se nos habían agotado. Para colmo, Pulgas aullaba desde el patio.
-No has preparado nada, ¿no?- me dijo de pronto, desenmascarándome.
Me sentí tonto, descubierto; tanto como si me hubieran atrapado con el "plage" en pleno examen final. No tuve mas remedio que pedir pizza vegetariana y el almuerzo se situó entre un silencio mortal. El desánimo me tiene enmudecido. Pronto le llegó un mensaje al celular -Es Pilar, me tengo que ir- menciona mientras se levanta de la mesa -Chau- alcanzo a devolverle. Aunque le muestro una sonrisa por fuera, por dentro le dedico una maldición.

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