El Almuerzo
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Cuando entré a la cocina me sentí sólo, desprotegido, igual de nervioso que un chiquillo que se mete a bailar sin saber moverse, consciente de que estaba a punto de hacer el más grande de los ridículos. Abrí una bolsa de tallarines que había en la alacena y los dejé caer sobre una olla con agua caliente. Desesperado comencé a revisar los cajones buscando algún libro o manual de cocina, o quizás había por ahí algunos recortes con la recetas de salsas rápidas de algún chef sea Virgilio Martinez o Don Pedrito; algo como para hacer, no sé cómo, en dos minutos. A lo lejos Romina gritó: "¿Necesitas ayuda?", por supuesto que la necesitaba. El susto y el orgullo pudieron más, así que le respondí que no, que se quedara tranquila, que todo estaba "bajo control".
Volví a la sala para ver si Romina premiaba mi espíritu culinario con un beso o una sonrisa, pero la noté sumamente distraída con un cuadrúpedo de cuya presencia no me había percatado; un intruso: "Pulgas", mi perro, que había entrado en escena no sé por dónde para acurrucarse debajo de los pies de Romina.
-Espera, lo voy a sacar para estar más cómodos- dije.
-No, no, déjalo, pobrecito; afuera hace frío.
-A él le gusta el frío.

Inesperadamente se creó un conflicto de intereses entre mi perro y yo; al parecer los dos queríamos quedarnos a solas con Romina.
Como Pulgas no me hizo caso por las buenas, lo tuve que sacar por las malas, expulsándolo al patio.
A estas alturas ya todo había empezado a irse al diablo, yo me había bebido prácticamente sólo la botella de vino, y Romina ya no sabia que comer, pues las provisiones se nos habían agotado. Para colmo, Pulgas aullaba desde el patio.
-No has preparado nada, ¿no?- me dijo de pronto, desenmascarándome.
Me sentí tonto, descubierto; tanto como si me hubieran atrapado con el "plage" en pleno examen final. No tuve mas remedio que pedir pizza vegetariana y el almuerzo se situó entre un silencio mortal. El desánimo me tiene enmudecido. Pronto le llegó un mensaje al celular -Es Pilar, me tengo que ir- menciona mientras se levanta de la mesa -Chau- alcanzo a devolverle. Aunque le muestro una sonrisa por fuera, por dentro le dedico una maldición.