sábado, 26 de septiembre de 2026

Lucas y Lucia

LUCAS

No recuerdo exactamente cuándo empezó a quedarse callada, quizá fue en Bruselas o en alguna carretera de Alemania, cuando llevábamos cuatro horas conduciendo y ella seguía mirando por la ventana como si del otro lado del vidrio estuviera ocurriendo algo mucho más interesante que mi existencia.

Lo cierto es que para entonces yo ya había desarrollado una teoría: Lucia estaba molesta conmigo, era irascible.

No sabía por qué, eso era lo peor, uno puede soportar que alguien esté molesto contigo cuando conoce el motivo. Hay algo casi tranquilizador en la culpa cuando tiene nombre. Uno puede pedir perdón, explicar, prometer. Puede incluso hacer el ridículo, que a veces es la forma más sincera de pedir disculpas. Pero cuando no sabes qué hiciste, todo se vuelve más difícil.

—¿Quieres que paremos?
Lucia no respondió, sólo miraba por la ventana.
—¿Café?
Nada.
—¿Música?
Silencio.
—¿Quieres que te cuente un chiste?
Esta vez giró apenas la cabeza.
—No.
Sonreí.
—Bueno. Ya estamos avanzando. Eso cuenta como conversación.
No sonrió, yo sí.

A veces uno se ríe solo para evitar que el silencio termine ganando, habíamos salido de Valencia tres días antes y nuestra idea original era recorrer Europa sin demasiados planes. Dormir donde nos encontráramos una habitación disponible, comer lo que nos provocara y detenernos cuando apareciera un lugar bonito. Lucia había dicho que quería conocer pequeñas ciudades, paisajes miríficos, pueblos que no aparecieran en las guías turísticas, esos sitios donde las calles parecen haber sido construidas antes de que alguien inventara la palabra turismo.

Yo había dicho que sí a todo, la verdad siempre decía que sí cuando se trataba de ella.
Ahora, sin embargo, parecía que cualquier cosa que yo dijera podía empeorar las cosas.

—¿Estás cómoda?
—Sí.
—¿Segura?
—Sí.
—Porque podemos parar.
—Estoy bien, Lucas.

Había algo extraño en la manera en que decía mi nombre, cómo si le pesara, cómo si tuviera que obligarse a pronunciarlo; pero yo preferí no darle importancia, seguí conduciendo.
En la radio sonaba una canción antigua que ninguno de los dos conocía. El GPS anunciaba cada cierto tiempo una salida que yo debía tomar y que, por alguna razón, siempre me parecía que estaba demasiado cerca.

Afuera, Europa pasaba lentamente, campos verdes. pueblos diminutos, iglesias con torres puntiagudas, camiones, estaciones de servicio, casas con ventanas pequeñas y techos inclinados.
De vez en cuando, Lucia levantaba el teléfono y miraba la pantalla, nunca escribía nada, solo miraba y volvía a guardarlo, yo pensaba que quizá esperaba un mensaje, quizá de alguien, ese pensamiento me incomodaba, pero lo apartaba rápidamente.

No puedo arruinar todo con estúpidos celos, además, había decidido que aquel viaje iba a arreglar las cosas, aunque no sabía exactamente qué cosas.

Nuestra relación llevaba meses convirtiéndose en algo difícil de explicar. Seguíamos juntos, al menos eso creía. Seguíamos durmiendo en la misma cama, comiendo juntos, haciendo planes. Pero había momentos en los que Lucia parecía encontrarse a kilómetros de distancia, aunque estuviera sentada frente a mí.
Por eso había organizado el viaje, no se lo dije, pero esa era la verdadera razón. Quería recuperarla, quería volver a verla reír conmigo, quería que me mirara como antes, quizá por eso me esforzaba demasiado.

Durante el camino hice imitaciones ridículas de los acentos que escuchábamos en las estaciones de servicio. Inventé nombres para los pueblos. Canté canciones que no sabía cantar. Una vez intenté imitar al GPS y terminé equivocándome de salida, Lucia no se rio, yo sí.

—Perfecto —dije—. Acabamos de entrar oficialmente a Luxemburgo.
—No estamos en Luxemburgo.
—Ya lo sé.
—Estamos en Bélgica.
—Eso también lo sé.
Me miró.
—Te equivocaste de carretera.
—Eso es distinto.
Por primera vez en horas, la vi hacer algo parecido a una sonrisa, fue pequeña, duró apenas un segundo, pero me aferré a ella como un náufrago a una tabla.
—Ahí está —dije.
Lucia frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nada.

Volvió a mirar por la ventana, yo continué conduciendo, aquel segundo me pareció suficiente para seguir intentándolo. La noche anterior habíamos dormido en un hotel barato cerca de una autopista. La habitación tenía una alfombra que probablemente había sido blanca algunos años atrás y una ducha que tardaba tanto en calentarse que al final uno prefería hacerlo con agua fría, helada.
Lucia se acostó sin decir mucho, pensé que era buen momento e intenté conversar, le pregunté qué quería hacer al día siguiente.
No respondió.
Le pregunté si quería conocer algún lugar en particular, por la zona había algunos lugares turísticos, hasta instagrameables.
Nada.
Le pregunté si estaba cansada.
—Sí.

Entonces dejé de preguntar, me acosté a su lado mirando el techo, en algún momento escuché su respiración, pensé que estaba dormida, yo no podía dormir, me seguía preguntando qué había hecho mal, repasé mentalmente las últimas semanas, esa dolorosa revisión mental que tiene el peso de la culpa y el autoreproche, como quien busca el origen de un desastre.
¿Había dicho algo?, ¿Había olvidado alguna fecha?, ¿Había sido demasiado insistente?, ¿Había trabajado demasiado?, ¿Había mirado a otra mujer?, no encontré ninguna respuesta.
Y cuando uno no encuentra respuestas, comienza a inventarlas, al tercer día decidimos parar en una estación de servicio.

Yo tenía hambre, Lucia dijo que también, eso ya me pareció una buena noticia, el restaurante estaba casi vacío. Tenía esas mesas de plástico que hacen que cualquier comida parezca menos importante de lo que realmente es, nos sentamos junto a una ventana.

—¿Qué se te antoja?
—Lo que sea.
—Eso no existe.
—Elige tú.
—¿Hamburguesa?
—Sí.
—¿Papas?
—Sí.
—¿Gaseosa?
—Sí.
La miré.
—Hoy estás muy colaboradora.

Ella soltó una pequeña risa, Y entonces sucedió algo que no había ocurrido en mucho tiempo, comenzamos a conversar, no sobre nosotros, eso todavía parecía imposible, hablamos de la comida, del viaje, de un hombre que había entrado al restaurante con un sombrero absurdo, de una señora que discutía con la máquina de café, de unos niños que “farmeaban aura” en la calle.

Lucia se rio un par de veces, yo intenté no demostrar cuánto me alegraba, porque cuando quieres demasiado que alguien vuelva a quererte, cualquier pequeña muestra de cariño puede convertirse en un portento hermoso, verla sonreír era mi serendipia. Terminamos de comer.

—Quiero un helado —dijo Lucia.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿De qué?
Me miró como si la pregunta fuera ridícula.
—Adivina.
Sonreí.
—Menta con chocolate.
Ella levantó una ceja.
—¿Todavía te acuerdas?
—Me acuerdo de todo.
Me levanté.
—Espera aquí.

Salí del restaurante y crucé hacia el pequeño local frente a la acera, mientras caminaba pensé que quizá, finalmente, las cosas estaban mejorando, quizá el viaje había funcionado, quizá todavía había una posibilidad para nosotros, compré el helado de menta con chispas de chocolate, ese era su favorito, o al menos eso creía.

Volví al restaurante sosteniendo el vaso con cuidado para que no se derritiera.
—Mira lo que te…

Me detuve, la silla estaba vacía, al principio pensé que había ido al baño, dejé el helado sobre la mesa, luego esperé, cinco minutos, diez, quince.
Empecé a inquietarme, me levanté y pregunté a una de las personas que trabajaban allí, nadie la había visto salir. 
La busque en el baño.
Nada.
Regresé al restaurante.
Nada.
Entonces salí, miré hacia el estacionamiento, el automóvil seguía allí, eso fue lo que más miedo me dio, si Lucia se había ido, ¿por qué no se había llevado el auto?
Caminé alrededor de la estación, la llamé una vez, dos, diez.
Nada.
Sentí que algo comenzaba a cerrarse dentro de mi pecho, pensé en todas las posibilidades, que estuviera molesta, que hubiera conocido a alguien, que hubiera decidido irse, que yo hubiera hecho algo tan terrible que finalmente hubiera decidido abandonarme.
Seguí buscándola, cada vez más rápido, cada vez más desesperado, hasta que ya no pude contener las lágrimas.
—Lucia.
La llamé una vez más, mi voz se quebró.
—Lucia, por favor.
No respondió y entonces pensé algo que todavía hoy me cuesta admitir, pensé que quizá la había perdido
Y no sabía por qué.

LUCIA

La primera vez que vi a Lucas no pensé que pudiera hacerme daño, creo que esa es la parte que más me cuesta contar, no porque sea la más terrible, sino porque, cuando uno sabe cómo termina una historia, empieza a preguntarse en qué momento debió darse cuenta de que algo estaba mal.
Yo tampoco me di cuenta.

Lo conocí en el trabajo, no trabajábamos exactamente en el mismo equipo, pero coincidíamos con suficiente frecuencia como para terminar conversando. Primero fueron cosas pequeñas: un comentario sobre el café de la máquina, una queja sobre el aire acondicionado, alguna broma durante el almuerzo.
Lucas tenía facilidad para hacer reír, eso era lo que más me gustaba de él, parecía no tomarse demasiado en serio. Cuando algo salía mal, encontraba una manera de convertirlo en una anécdota.

Una vez se quedó encerrado en el baño de la oficina durante casi veinte minutos porque la cerradura se había atascado. Cuando finalmente consiguió salir, llegó a la sala de reuniones con la camisa arrugada y dijo:
—Solo diré que ya estaba calculando cuánta agua me quedaba en el tanque para sobrevivir el fin de semana.
Todos se rieron, claro que yo también, él me miró, no fue una mirada larga. Pero fue suficiente.

Después de eso empezamos a almorzar juntos, al principio éramos simplemente dos compañeros que coincidían a la misma hora. Después empezamos a buscarnos, él sabía qué comida me gustaba, yo sabia que odiaba el yogurt, él sabía que yo pedía café sin azúcar, yo sabía que siempre dejaba la última papa en el plato aunque todavía tuviera hambre. Nos fuimos acostumbrando el uno al otro.
Y eso fue todo, o eso creí. Nunca hablamos de lo que sentíamos, nunca hubo una declaración, Nunca hubo un beso.

Solo esa especie de promesa silenciosa que dos personas construyen cuando empiezan a gustarse y ninguna quiere ser la primera en arruinarlo, yo esperaba, él, aparentemente, también. Entonces llegó aquel jueves, recuerdo perfectamente la noche, estaba en casa cuando recibí el mensaje, era de él.

No decía mucho, quería verme en el parque esa misma noche, lo leí varias veces, me senté en la cama.
Volví a leerlo, durante unos segundos no hice nada, no podía creerlo, después sonreí, fue una sonrisa absurda, involuntaria, de esas que uno intenta esconder incluso cuando está solo.
Pensé que finalmente iba a suceder, tal vez quería decirme que yo le gustaba, tal vez quería preguntarme si quería estar con él.

Tal vez simplemente quería hablar, pero yo ya había construido toda una historia antes de salir de casa. Abrí el armario, me probé tres blusas, me cambié los zapatos, me miré en el espejo, volví a cambiarme.
Parecía ridículo, tenía una cita, eso era todo. Pero para mí era mucho más, había esperado meses, quizá años. No sé, Hay personas que llegan a nuestra vida sin hacer ruido y terminan ocupando un espacio enorme, él era así.

Cuando salí de casa pensé que aquella noche podía cambiarlo todo. No sabía que iba a cambiarlo todo, Solo que de una manera completamente distinta.

El parque estaba casi vacío, era más tarde de lo que había pensado, las luces del camino iluminaban apenas algunos metros y después dejaban grandes espacios de oscuridad, caminé mirando el teléfono por si había algún nuevo mensaje, pensé que quizá se había retrasado, seguí avanzando fue entonces que escuché pasos, me giré, pero no vi a nadie, seguí caminando.
Los pasos volvieron, esta vez más cerca, todo ocurrió demasiado rápido.

Una mano, un brazo alrededor del cuello, un olor extraño, intenté gritar, no pude. Sentí que alguien me cubría la cabeza con algo, una capucha negra, intenté golpearlo, intenté correr, intenté morder. Entonces sentí el golpe.

No recuerdo haber caído, pero recuerdo el dolor, después, nada.
Cuando desperté no sabía dónde estaba, lo primero que sentí fue frío, después dolor, después miedo; intenté moverme, pero no pude, tenía las piernas sujetas; una cadena, la escuché antes de verla, ese sonido metálico me hizo comprender que aquello no era una pesadilla.

Empecé a gritar, grité hasta que me dolió la garganta, pedí ayuda, insulté, lloré, golpeé el suelo, nadie respondió. Entonces escuché una puerta, alguien bajaba unas escaleras, me quedé quieta, la persona apareció al final del sótano. Era Lucas.

Por unos segundos mi cabeza se negó a reconocerlo, lo miré, él me miró y sonrió.
—Lucia.
No pude hablar.
—Tranquila.
Retrocedí todo lo que pude hasta que la cadena se tensó.
—No te voy a hacer daño.
Entonces mi cabeza gritó antes que mi voz: Sí me vas a hacer daño.
—¿Dónde estoy?
Lucas se acercó.
—Necesitas calmarte.
—¡Déjame salir!
—Lucia...
—¡Déjame salir!

Se agachó frente a mí, tenía una expresión que no había visto nunca, no parecía furioso, eso fue peor. Parecía preocupado, como si estuviera cuidando a alguien enfermo.

—Todo esto lo hago por ti.
No entendí.
—¿Qué?
—Por nosotros.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—Estás loco.
Su expresión cambió apenas.
—No digas eso.
—¡Estás loco!
Lucas suspiró.
—Ese hombre no te conviene.
Tardé unos segundos en entender de quién hablaba, entonces lo comprendí, del trabajo, del chico que me había citado aquella noche, Lucas lo sabía, no sabía cómo, no sabía desde cuándo. Pero lo sabía.
—¿Qué le hiciste?
No respondió.
—¿Qué le hiciste?
—Nada.
—¿Dónde está?
—Eso no importa.
—¡¿Dónde está?!
Lucas bajó la mirada, después volvió a mirarme.
—Si haces las cosas bien, vas a entender.
Comencé a llorar.
—Quiero irme.
—Lo sé.
—Por favor.
—Sólo quiero que seas feliz.
—Nunca contigo.

Esa fue la primera vez que lo vi perder la paciencia, el golpe llegó antes de que pudiera protegerme, después recuerdo el suelo y el silencio.

Los días siguientes perdieron sus nombres, no sabía si era lunes o viernes, no sabía si afuera era de día, no tenía ventanas, solo una puerta, una bombilla, una cama, un recipiente con agua, comida a determinadas horas y Lucas. Siempre Lucas.

A veces hablaba conmigo durante horas, otras veces se sentaba frente a mí y permanecía en silencio, me contaba cosas del trabajo, historias que no tenían sentido, me hablaba de nuestros almuerzos., de las bromas que habíamos hecho, de las veces que me había acompañado hasta mi casa, intentaba construir una historia en la que todo aquello pareciera normal, como si yo hubiera olvidado algo, como si el problema fuera mi memoria.

—Tú me quieres —me decía.
Yo no respondía.
—Solo estás confundida.
Yo lo miraba.
—Cuando salgas de aquí vas a entender.

No sabía qué significaba "salir", a veces pensaba que nunca iba a salir, otras veces pensaba en escapar, medía las distancias, observaba las cerraduras, esperaba que dejara una puerta abierta. Una vez conseguí levantarme cuando él se fue, llegué hasta las escaleras, solo eso, no alcancé la puerta. El me encontró.

Después de aquello entendí que cualquier intento de escapar podía terminar peor, así que aprendí, aprendí a callarme, a no mirarlo demasiado, a no contradecirlo, a reconocer sus pasos, a distinguir por el sonido de la llave si venía tranquilo o furioso, aprendí algo todavía más difícil: a fingir.
Pasaron semanas, una tarde Lucas bajó al sótano con una noticia.

—Vamos a salir.
Lo miré sin responder.
—En el auto.
Sentí miedo, muchísimo miedo, pero no lo demostré.
—¿Adónde?
—De paseo.
Sonrió.
—Europa.
Pensé que estaba bromeando, no lo estaba, me explicó que si me portaba bien, podía acompañarlo, que necesitaba confiar en él, que quería demostrarme que las cosas podían ser diferentes.
Yo asentí, por dentro sentía que iba a vomitar.
—¿Puedo salir del sótano?
—Sí.
—¿Sin la cadena?
Me miró.
—Si te portas bien.

Entonces entendí lo que quería, no quería una prisionera, él quería una novia. Una mujer que pareciera estar allí porque quería, una mujer que se sentara a su lado en el automóvil, que sonriera, que conversara, que hiciera creer a cualquiera que nos viera que éramos una pareja viajando por Europa. Y tuve una idea.

Si eso era lo que necesitaba para mantenerme viva, podía hacerlo, así que empecé a cambiar, no de verdad, solo delante de él.

Le hablaba, le preguntaba cosas, le sonreía cuando esperaba que lo hiciera, me reía de sus bromas, le decía que estaba cansada, que tenía hambre, que quería dormir, cosas normales.

Lucas estaba feliz, era casi conmovedor verlo, si no hubiera sabido quién era.
El día que salimos del sótano me temblaban las piernas, Lucas había preparado el automóvil, yo me senté en el asiento del acompañante, cerró mi puerta, luego rodeó el vehículo y se sentó al volante.
—¿Estás bien?
Asentí.
—¿Segura?
—Sí.
Arrancó, durante los primeros kilómetros ninguno habló, yo miraba por la ventana, no quería mirarlo, no quería que él viera el miedo, pero tampoco quería provocarlo, así que permanecí callada.
Lucas intentó conversar, me hizo preguntas, contó chistes, puso música, me preguntó si estaba cómoda.
Cada cierto tiempo me miraba, yo respondía lo mínimo, no porque estuviera enojada, porque tenía miedo.

Pero él parecía no entenderlo, o quizá entendía perfectamente y prefería llamarlo de otra manera, viajamos durante días, recuerdo las carreteras, los túneles, las estaciones de servicio, los campos, las ciudades que pasaban detrás del vidrio.

Lucas estaba emocionado, parecía estar cumpliendo un sueño, para mí cada kilómetro era una pregunta ¿Cuánto faltaba?, ¿Adónde íbamos?, ¿Qué pasaría si alguien descubría la verdad?, ¿Podría pedir ayuda?, No sabía.
Por eso miraba por la ventana, era lo único que podía hacer, a veces veía personas, familias, parejas, niños, gente que caminaba sin saber que yo estaba allí. Pensaba en gritar, una sola palabra: Ayuda. 
Pero Lucas estaba demasiado cerca y yo sabía de lo que era capaz, en una estación de servicio paramos a comer, yo llevaba horas sin decir prácticamente nada, Lucas parecía preocupado.

—¿Estás molesta conmigo?
Negué con la cabeza.
—¿Entonces?
—Estoy cansada.

Era verdad, nos sentamos, él empezó a hacer comentarios sobre la comida, después sobre el restaurante, después sobre un hombre que llevaba un sombrero ridículo, sin querer, me reí, fue una risa pequeña. Pero Lucas pareció iluminarse.
—Ahí está.
Lo miré, no dije nada, él continuó hablando y por unos minutos me permití seguirle la conversación, no porque hubiera olvidado la situación, no porque hubiera empezado a quererlo, era porque quería sobrevivir. Entonces recordé algo, el helado, lo había visto en el local frente al restaurante.

—Quiero un helado.
Lucas sonrió.
—¿De qué?
Lo miré.
—Adivina.
Sabía exactamente qué iba a decir.
—Menta con chocolate.
Sonreí.
—Sí.
Se levantó.
—Espera aquí.

Lo observé alejarse, lo vi cruzar hacia el local, entonces respiré profundamente. Esta era la oportunidad, no sabía si tendría otra, miré alrededor, la puerta, la salida, las personas, el estacionamiento. 
Lucas estaba de espaldas, me levanté, caminé, no corrí, todavía no.
Primero salí del restaurante, después avancé unos metros, esperé, nadie gritó, nadie me detuvo. Entonces corrí.
Corrí sin mirar atrás, no sabía hacia dónde, no sabía dónde estaba, solo sabía una cosa, que Lucas no podía encontrarme y por primera vez en semanas sentí algo parecido a la libertad.

miércoles, 14 de enero de 2026

Aniversario (anonimo)

Muy en el fondo, yo sabía que ella me estaba engañando, la verdad es que todas las señales estaban ahí, había empezado a quedarse más tiempo en la oficina, llegaba a casa más tarde de lo habitual y tenía esa nueva y repentina obsesión por su apariencia; mis sospechas sin embargo, se confirmaron hasta el día que reuní coraje de revisar su teléfono mientras ella estaba dormida, estaba viendo a alguien a mis espaldas. Sam, ese "amigo" del trabajo que se la pasaba mencionando todo el tiempo, aparentemente habían estado intercambiando mensajes durante meses y había hecho planes para verse con el al día siguiente, es decir, mañana, en nuestro aniversario, no quería hacer otra cosa más que lanzar el teléfono hacia la pared y confrontarla, pero en cambio, respire profundamente y deje el teléfono de nuevo donde lo encontré intentando no hacer ruido y así salí rápidamente del departamento, afuera pude pensar claramente las cosas, quería culparla de todo, pero no podía, no era realmente su culpa, era de Sam, el empezó con todo esto, así que me subí al auto y recordé los últimos intercambios de mensajes que leí entre ellos, el estaba trabajando hasta tarde esa misma noche, en la oficina, así que comencé a manejar, me sabía ya de memoria el camino al trabajo de mi amada, solamente me tomo unos cuantos minutos llegar, en el edificio había una luz destellando, justo en el ultimo piso, el único auto en el estacionamiento era un Ford azul, era él, estaba seguro, me puse en posición asegurándome de tener una vista perfecta de la entrada, y espere, eventualmente la luz se apagó, y Sam salió caminando del edificio, honestamente al principio solo quería hablar con él, pero en el momento en que lo ví, usando ese costoso traje y con ese auto lujoso entendí que jamás iba a poder competir contra él, ella jamas iba a preferir estar con alguien como yo, si el era una de las opciones. No, mi solución tenía que ser más "Permanente", así que sin pensarlo encendí el auto y pise el acelerador a fondo, Sam apenas tuvo tiempo de darse cuenta de que estaba pasando cuando ya se encontraba en el aire, su cuerpo golpeó contra el parabrisas, después en el techo y finalmente azotó violentamente contra el asfalto, observé por el espejo lateral y lo vi mientras intentaba, sin éxito, ponerse de pie, cambié a reversa y de nuevo pise el pedal, hubo un satisfactorio golpeteo debajo de mi auto mientras pasaba por encima del pobre bastardo, cuando ya estaba seguro de que él no iba a ponerse de pie nunca más, finalmente me largue de ahí dirigiéndome al departamento una vez más, estaba cansado, pero tenia que ir a verla una última vez, antes de poder ir a dormir; dios, ella se veía tan hermosa, ahí recostada pacíficamente y ahora era toda mía. No puedo esperar a mañana estoy muy ansioso, pues se cumplirá al fin un año desde la primera vez que yo la vi y mañana va a ser un día especial, pues finalmente reuní el coraje para poder hablarle, para presentarme y hacerle saber al fin lo mucho que ella significa para mi... (historia de terror psicologico ficticia)

miércoles, 3 de julio de 2024

¿Sabes si te gusta?

Sabes que una chica te gusta, cuando te pasa la voz para ir al cine a ver "Crepusculo" y por mas tribulación que esa película genere en ti, tu le dices que iras encantado. Sabes que una chica te gusta, cuando le envías un mensaje de texto al celular y pasas los siguientes minutos contemplando la pantalla de tu teléfono, esperando su respuesta, con una ansiedad solo comparable a como cuando eras cachimbo y esperabas nervioso los resultados del examen de ingreso. Sabes que te gusta, cuando saliendo de la oficina muerto de hambre, a punto de desmayarte por no haber almorzado y ella llama, dejas todo con tal de oírla hablar, de su día, de como le ha ido, del fin del mundo, de la inflación, lo que sea. Reprimes el hambre de prisionero; total el corazón tiene la capacidad de neutralizar al estómago. 

Sabes que una chica de atrae cuando, luego de oír de su boca una frase medianamente prometedora, empiezas a sonreirle a todo el mundo; les das monedas a los mendigos, dejas que la chica que te atendió en la tienda se quede con el vuelto. Te sientes un hombre de bien, por que a ella, aparentemente, le gustas. Apenas ha dicho que eres "lindo", pero para ti esas dos silabas encierran un potente flechazo que segrega dopaminas que aumentan el autoestima y extraordinario buen humor, en vez de caminar por la calle, bailas, te trepas a los postes como Gene Kelly en "Cantando bajo la lluvia".

Sabes que una chica te gusta mas de lo debido, cuando te metes a su perfil de facebook he inviertes horas a escudriñar sus fotos, leer información de su muro, saber más sobre sus gustos, sus preferencias; tienes otras cosas que hacer, sin embargo estas ahí mirando pixel por pixel, la sonrisa estática de la chica que se te ha metido en el cerebro como un exótico virus africano.

Sabes que una chica te gusta cuando, antes de darle el encuentro, acaso intuyendo la microscópica posibilidad de darle un beso, te cepillas los dientes con inusual frenesí, repasándote una y otra vez el hilo dental por los escondrijos mas inaccesibles de tu boca, y sorbiendo verdaderos shots de enjuague bucal para evitar que ella perciba el mas mínimo rastro de olor del ceviche mixto que te empujaste a la hora del almuerzo.

Sabes que ella te gusta cuando te pide que la acompañes a un concierto de Regueton y tu, que eres un discapacitado para apreciar los alaridos de esa música salvaje, no solo la acompañas feliz de la vida, sino que durante las interminables dos horas que dura ese martirio auditivo, nueves los pies, golpeas la mesa y haces la finta gestual de estar disfrutando tal acontecimiento musical.

Sabes que te gusta cuando te levantas por la mañana y es en ella en lo primero que piensas, evocas su nombre y al pronunciarlo te da la impresión de que se trata del nombre mas bonito del mundo; no importa si se llama Genoveva, Ruperta, Demetria o Teòfila; cuando alguien te gusta su nombre rezuma y expele una extraña belleza etimológica.

Sabes que te gusta cuando empiezas a considerar que Shakira no canta tan mal después de todo, por que una de sus canciones sonaba de fondo cuando tu la acompañabas en el taxi.

Por ultimo, sabes que una chica te interesa cuando, a pesar de tu edad y tu retorica experiencia en estas lides, asumes con ella el correoso comportamiento de un adolescente carcomido por las dudas.

miércoles, 29 de mayo de 2024

Evocación

Hoy, buscando entre mi desorden, encontré decenas de notitas, regalos, tarjetas de cumpleaños, pulseras con nombres grabados y esas fotos que los enamorados se toman juntos; y es que cuando una relación inicia es como una habitación vacía que poco a poco se llena de estos objetos que, en su momento, significaron mucho; estos decorados de cientos de fotos, cartas escritas en hojas de cuaderno, regalos de cada aniversario, peluches atorrantemente bautizados, entradas a conciertos y todo un arsenal de chucherías sirve cuando dicho "recinto" se encuentra habitado. Sin embargo una vez que todo ha concluido se tiene que desmontar todo, iniciar la mudanza.

Claro también se puede guardar en un cajón o una caja de zapatos que se convertirá en una tumba de cartón donde quedara enterrado los residuos de un amor finiquitado.

Mi primera enamorada metió todos estos objetos en una bolsa negra (para darle un aire mas necrófilo a la situación) y los arrastro hasta mi puerta. Este arbitrario "delivery" no fue, según entiendo ahora, para deshacerse de dichos objetos; si no mas bien con la manipuladora esperanza de que uno se conmueva ante este gesto despreciativo y reconsidere la posibilidad de una segunda oportunidad.
Si uno en realidad quiere deshacerse de estas reliquias del ex, en lugar de devolverlas o esconderlas simplemente las eliminas, regalas las baratijas y listo. Eso si se tiene que hacer con decisión, sin anestesia.

Lo malo de confinar los cachivaches de las relaciones a una caja es que un día (como hoy) te topas con este cofre polvoriento y, en un acto entre nostálgico y masoquista, lo destapas. Es como husmear en tu pasado y sentir, por unos segundos, que vuelves a esos "días felices", como forzar una puerta que tu memoria ya había obstruido.

Hoy encontré todos estos objetos, algunos disfrutamos con estas ceremonias, pero hoy no, hoy me di cuenta que coleccionar estos vestigios es una obsesión de eternizar lo que ya no existe, de preservar lo que ya fue. Ahora me provocan incómodos "flashbacks" razón suficiente para darles de baja.

Creo que esta supresión de objetos son necesaria, pues es parte de una saludable limpieza interior; además no vaya a ser que por ahí aparezca una niña con nuevos cachivaches y no haya lugar donde acomodarlos.

miércoles, 1 de mayo de 2024

Inquilab Zindabad

Quiero citar una película muy interesante por toda la temática que encierra, y aunque muchos no estén familiarizados con las películas hindus, seguramente solo vieron las clásicas, las lacrimógenas, o las de amor entre rico y pobre. Felizmente esta escapa de todo estereotipo, tiene gran intensidad y una excelente fotografía, empieza siendo de un tipo y termina en algo completamente diferente, esa que después de un rato piensas que estas viendo otra película. El film se llama "Rang de Basanti".

La historia es narrada por Sue (Alice Patten), una joven inglesa que llega a Mumbai con la idea de filmar un documental. Basándose en el diario que escribió su abuelo, un oficial británico, intenta reconstruir la historia de un grupo de revolucionarios que lucharon por la independencia de la India. Conoce a un grupo de desencantados universitarios que la acompañan en el proyecto. Poco a poco, los jóvenes sentirán un cambio radical en sus vidas debido a acontecimientos que se suscitaran.
Al comienzo del film, los cuatro amigos, Dj (Aamir Khan), Aslam (Kunal Kapoor), Karan (Siddharth Narayan) y Sukhi (Sharman Joshi) son sólo muchachos despreocupados, solo viven el momento, no logran comprometerse con su país, porque lo ven como una nación llena de burgués corrupción; ante eso, su única salida sería emigrar (es un pensamiento propio de un país del tercer mundo).
La llegada de Sue los enfrenta a otra realidad, y los empuja a tomar partido para modificar su país.
Obviamente, no es una típica película de la india, o sea, no es una historia de amor en que los chicos conocen a chicas, o una película de acción, o esas en la que sus padres se oponen a su matrimonio y no les queda otra opción mas que casarse y escapar (típicas películas de srk).

Presenta la violencia justa y con propósito. Reta al público a reflexionar sobre cómo cambiar la sociedad. El director, Rakeysh Omprakash Mehra, dice: “Existen dos opciones primordiales en la vida: Aceptar las cosas como están o aceptar la responsabilidad para cambiarlas. La película se trata de cambiarlas”.
El guión consigue incrementar la tensión conforme avanza el relato, al tiempo que desarrolla en paralelo la historia de los revolucionarios del pasado y la de los jóvenes que ocupan sus roles en el documental que están filmando. Si en la primera parte el humor es un elemento común, en la segunda el giro dramático cambia el tono del film.

La película muestra cómo el curso de los acontecimientos puede transformar a los jóvenes, que sólo buscan divertirse, en osados rebeldes, pero lo primordial ha de ser lo que depare el futuro. La película termina con un niño en el campo donde pregunta a su padre (el que está plantando algo diferente en una pequeña parte del campo) qué está haciendo. El padre contesta que está plantando un árbol de mango del que surgirán cien árboles más. Al parecer, la película se pregunta: ¿De un revolucionario, Bhagat Singh, y de la historia relatada hoy en el siglo 21, surgirán cien revolucionarios más?.

Sin lugar a dudas, “Rang de Basanti” es una muy buena opción para acceder al cine de la India para aquellos que aún no se han animado, dado que conjuga buenas actuaciones con un guión claro y una realización impecable.
- Ganadora de los premios Filmfare Awards '07 de mejor película, mejor dirección, mejor cinematografía, mejor música y mejor actuación por parte de Aamir Khan.
- Aamir Khan estaba en sus cuarenta cuando interpretó a su personaje de veinticinco años.
- El título se puede traducir por "Píntate de amarillo" y en India se dice cuando alguien se va a sacrificar por una causa mayor.
Se preguntaran por que el titulo del post, pues bien, en la película los indios se enardecieron y derramaron lágrimas en la ejecución de estos revolucionarios, Y en el documental era el llamado de lucha “Inquilab Zindabad” (Viva la revolución). La gente coreaban consignas antibritánicas e “Inquilab Zindabad” cuando subían al patíbulo.

domingo, 18 de abril de 2021

La Casa Embrujada

- Jajaja no le hagas caso a Lucia, no, no somos de por acá, estamos de vacaciones -mencionó diligentemente Claudia, el clon de Pocahontas, mi cara de angustia se deshizo apenas sus ojos me recibieron- Bueno mis amigos y yo, podemos ofrecerles un tour guiado por los mejores bares de la ciudad -mencioné perspicaz- ¿Son los de aquella mesa? -Preguntó Kely, la tercera amiga. Al voltear, la percepción de Raúl y Pavel no eran de las mejores, ambos tenían una gran sonrisa en la cara, como cuando un niño espera con angurria el helado de chocolate que le vienen preparando, o cuando eras cachimbo y esperas ansioso los resultados de un examen que sabes que diste bien;  miraban lujuriosos; se levantaron y raudamente se acercaron.

- Nos contaron de una casa embrujada en Cusco, ¿la conocen?. -preguntó Lucia; por supuesto que la conocíamos, la famosa "Casa Embrujada de Saphy" y también conocíamos las historias por la cual tiene tan merecido nombre- Nos gustaría ir a ese lugar, que dicen.
- ¡Claro que si, vamos! -respondieron en unísono Pavel y Raúl.

Partimos hacia dicho lugar, sentí que todo discurría como debe ser, como mandan los cánones de la seducción, sin presiones; Claudia me contó que son de Lima, las tres tienen planeado un viaje por el Valle Sagrado, Machupicchu y luego se van hacia el sur.
- Sabias que te pareces a...
- Ay no... ¿a Pocahontas? -me interrumpió ella, con voz de flojera.
- Si, ¿por?...
- Que poco ocurrente, todos los chicos dicen lo mismo.

Sus palabras fueron un doloroso puñal desollando el centro de mi ego. Hubiera preferido que me mentara la madre tres veces antes de decirme "poco ocurrente". Para alguien como yo, que tiene un cierto aprecio por las infrecuentes ocurrencias que desperdiga, esa frase, mas que un insulto, era todo un epitafio. "Aquí yace el poco ocurrente de...". Rayos, si hasta podía ver la inscripción en la lapida.
- ¡Bien llegamos! -el grito anunciante de Raúl me distrajo de mi mortuoria visión.

Mi pasatiempo masoquista favorito, era ver películas de terror basadas en hechos reales o documentales sobre sucesos paranormales, de inmediato recordé el documental sobre la casa embrujada de Saphy que vi hace unos años, ahora la ficción podría transformarse en realidad.

la residencia estaba en abandono, no recuerdo cual de nosotros sugirió explorarla, pero si recuerdo que nadie objetó tan temeraria iniciativa, ingresamos sorteando un muro lateral que tenia un cerco hecho de pedazos de vidrio y mientras avanzábamos por ese lúgubre reino de habitaciones llenos de polvo y pasillos llenos de cadáveres de insectos le relate a la comitiva la horrenda historia de la casa embrujada, sus rostros de espanto eran un deleite, de pronto una puerta rechinó con violencia- ¡quien anda ahí carajo! -se oyó; la voz furiosa se materializó de inmediato en la figura jorobada de un hombre de barba negra y sombrero de capataz, el sujeto nos embistió con una mirada furiosa, uno de mis amigos logro escapar pero los demás nos quedamos ahí cautivos en un hediondo almacén victimas de lloriqueos y taquicardias; dos horas después logramos salir luego de los insultos y advertencias del guardián que, luego de amenazas, nos echó de dicho recinto.

domingo, 4 de abril de 2021

Verdad o Reto

Nuestra mesa era un asqueroso festival de chatarra, migas de pan por doquier, la camisa de Raúl lucia una mancha de mostaza, que, minutos antes se le había escabullido de su grasosa hamburguesa- Ya huevon, quien vá -esputaba Pavel lanzando de su boca pedazos de pan y lechuga como proyectiles sin dirección. A veces los hombres podemos ser cavernícolas en este tipo de cosas, por dentro nos morimos por el pánico de hablar con una chica linda, pero entre nosotros nos damos de sementales viriles, listos para atacar a cualquier incauta que se encuentre en nuestro radar; nada mas falso. Para determinar quién se acercaría a "meterles letra", recurrimos a una fórmula democrática y dudosamente adulta de impartir justicia, un discreto y veloz Yan-Kem-Po. 

- Bueno dejémoslo a la suerte, ¿piedra papel o tijera? -propuso Raúl impaciente- Mejor Piedra, Papel, Tijera, Lagarto y Spock -Replicó Pavel- Tranquilo pues "Sheldon", a parte de gil eres friki, por eso no tienes amigos -zahirió Raúl -ya calla tarado juguemos de una vez.

luego de una serie de desafíos ludópatas quien salió perdiendo fui yo, es decir yo tenia que hablar con las tres lindas chicas de junto e intentar traerlas a nuestra mesa, si, esa mesa repulsiva que rápidamente y como se pudo limpiamos presurosos.

definitivamente nunca he sido bueno para hablar con chicas, mucho menos para abordarlas, solo me acerque a una mesa de desconocidas por única vez en una fiesta de la Red IQ, recuerdo que celebrábamos lo exitoso que había salido un evento sobre cambio climático; dicha celebración fue en el "Inkaria", todo era risas jugando a "Verdad o Reto", en una de esas opte por "Reto" -Ve a la mesa de  junto, aquella donde hay un grupo de chicas y sácale el numero a la de rojo- decretó Sandrita -¿Es en serio? - Reclame preocupado- claro que es en serio, recuerda que si no realizas el Reto el castigo es tomar un vaso "cepillado" de Inkaria. 

Haciendo gala de autarquía fui con dirección a la mesa de estas despampanantes muchachas, camine al ritmo del reguetón "Bebecita", algo descoordinado y torpe, llegue y con voz temblorosa dije; "Noches buenas, ¿están como?... esperen así no era"; Luego de 8 segundo de incomodo silencio, el "Bebecita" se convirtió en un jolgorio de carcajadas impuestas por este conciliábulo de mujeres que se propago por todo el bar. Cabizbajo, turbado y "hecho mierda" regresé a tomar el "cepillado" de castigo y retirarme raudamente.

En esta ocasión, tenia que ir, no por un castigo, si no para demostrar lo "avezado" y gallardo que podía llegar a ser; me acerque, esta vez con mayor seguridad que esa vez en el Inkaria- Hola chicas, ¿no son de por aca no? -pregunté ávido- Hola, que bueno que llegaste, nos traes unos "Mojitos" por favor.

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