Lucas y Lucia
| Tweetear |
LUCAS
No
recuerdo exactamente cuándo empezó a quedarse callada, quizá fue en Bogotá o en
alguna carretera de Ecuador, cuando llevábamos cinco horas conduciendo y ella
seguía mirando por la ventana como si del otro lado del vidrio estuviera
ocurriendo algo mucho más interesante que mi existencia.
Lo cierto
es que para entonces yo ya había desarrollado una teoría: Lucia estaba molesta
conmigo, era cortante, irascible.
No sabía
por qué, eso era lo peor, uno puede soportar que alguien esté molesto contigo
cuando conoce el motivo. Hay algo casi tranquilizador en la culpa cuando tiene
nombre. Uno puede pedir perdón, explicar, prometer. Puede incluso hacer el
ridículo, que a veces es la forma más sincera de pedir disculpas. Pero cuando
no sabes qué hiciste, todo se vuelve más difícil.
—¿Quieres
que paremos?
Lucia no
respondió, sólo miraba por la ventana.
—¿Café?
Nada.
—¿Música?
Silencio.
—¿Quieres
que te cuente un chiste?
Esta vez
giró apenas la cabeza.
—No.
Sonreí.
—Bueno.
tampoco nos volvamos locos hablando tanto.
No
sonrió, yo sí.
A veces
uno se ríe solo para evitar que el silencio termine ganando, habíamos salido de
Cusco tres días antes, con el corazón ligero y los mapas guardados en la
guantera, nuestra idea original era recorrer Sudamérica sin demasiados planes,
queríamos la libertar absoluta, dormir donde encontráramos una habitación
disponible con sábanas frescas, comer lo que nos provocara y detenernos cuando
apareciera un paisaje bonito ante el parabrisas.
Fue Lucia quien lo había dicho esa noche, que
quería conocer pequeñas ciudades, paisajes miríficos que te quitan el aliento y
pueblos que se resistieron con orgullo a aparecer en las guías turísticas, esos
sitios donde las calles parecen haber sido construidas antes de que alguien
inventara la palabra turismo.
Yo había
dicho que sí a todo, la verdad siempre decía que sí cuando se trataba de ella.
Ahora,
sin embargo, parecía que cualquier cosa que yo dijera podía empeorar las cosas.
—¿Estás
cómoda?
—Sí.
—¿Segura?
—Sí.
—Porque
podemos parar.
—Estoy
bien, Lucas.
Había
algo extraño en la manera en que decía mi nombre, cómo si le pesara, cómo si
tuviera que obligarse a pronunciarlo; pero yo preferí no darle importancia,
cogí el volante con más fuerza de lo normal y seguí conduciendo.
En la
radio sonaba una canción antigua, My kinda scena de Powderfinger, una melodía
rota y nostálgica que parecía musicalizar la atmosfera que se sentía.
Afuera,
Sudamérica pasaba lentamente, los campos verdes andinos, valles profundos,
pueblos diminutos, tejados rojizos que brillaban bajo el sol, iglesias con
torres puntiagudas, luego el norte, con sus dunas inmensas que mueren en el
océano, playas solitarias, luego la exuberancia tropical.
De vez en
cuando, Lucia levantaba el teléfono y miraba la pantalla, nunca escribía nada,
solo miraba y volvía a guardarlo, yo pensaba que quizá esperaba un mensaje,
quizá de alguien, ese pensamiento me incomodaba, pero lo apartaba rápidamente.
No puedo
arruinar todo con estúpidos celos, además, había decidido que aquel viaje iba a
arreglar las cosas, aunque no sabía exactamente qué cosas.
El
trayecto en el auto se convirtió en un escenario donde yo era el único actor
intentando sostener una obra que se caía a pedazos, nuestra relación llevaba semanas
convirtiéndose en algo difícil de explicar era desgastante, seguíamos juntos,
al menos eso creía, seguíamos durmiendo en la misma cama, comiendo juntos,
haciendo planes. Pero había momentos en los que Lucia parecía encontrarse a
kilómetros de distancia, aunque estuviera sentada junto a mí.
Por eso
había organizado el viaje, no se lo dije, pero esa era la verdadera razón.
Quería recuperarla, quería volver a verla reír conmigo, quería que me mirara
como antes, quizá por eso me esforzaba demasiado.
Durante
el camino iba acumulando chistes, hice imitaciones ridículas de uno que otro
personaje con la esperanza de sacarle una sonrisa, modulé la voz para gritar
dramáticamente: "¡Un niño floto sobre mí y voló un auto con su rasho
láser!", unos kilómetros más adelante, al cruzar un pueblo, bajé la
ventanilla para preguntar, a la nada, por la dirección de "P. Sherman,
calle Wallaby 42, Sídney". Inventé nombres para los pueblos, canté a todo
pulmón canciones que no sabía cantar, inventándome el inglés y los coros con un
dramatismo exagerado, Lucia no se rio, yo sí.
—Perfecto
—dije—. Acabamos de entrar oficialmente a Medellín.
—No
estamos en Medellín.
—Ya lo
sé.
—Estamos
en Tunja.
—Eso
también lo sé.
Me miró.
—Te
equivocaste de carretera.
—Eso es
distinto.
Por
primera vez en horas, la vi hacer algo parecido a una sonrisa, fue pequeña, duró
apenas un segundo, pero me aferré a ella como un náufrago a una tabla.
—Ahí está
—dije.
Lucia
frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nada.
Volvió a
mirar por la ventana, yo continué conduciendo, aquel segundo me pareció
suficiente para seguir intentándolo. La noche anterior habíamos dormido en un
hotel barato cerca de una autopista. La habitación tenía una alfombra que
probablemente había sido blanca algunos años atrás y una ducha que tardaba
tanto en calentarse que al final uno prefería hacerlo con agua fría, helada.
Lucia se
acostó sin decir mucho, pensé que era buen momento e intenté conversar, le
pregunté qué quería hacer al día siguiente.
No
respondió.
Le
pregunté si quería conocer algún lugar en particular, por la zona había algunos
lugares pintorescos, hasta instagrameables.
Nada.
Le
pregunté si estaba cansada.
—Sí.
Entonces
dejé de preguntar, me acosté bocarriba a su lado, con los brazos rígidos y los
ojos fijos en las grietas del techo, a los poco minutos el ritmo de su
respiración cambió, pausado y profundo. Yo no podía dormir, me seguía
preguntando qué había hecho mal, repasé mentalmente las últimas semanas, esa
dolorosa revisión mental que tiene el peso de la culpa y el autorreproche, como
quien busca el origen de un desastre.
¿Había
dicho algo?, ¿Había olvidado alguna fecha?, ¿Había sido demasiado insistente?,
¿Había trabajado demasiado?, ¿Había mirado a otra mujer?, no encontré ninguna
respuesta.
Y cuando
uno no encuentra respuestas, comienza a inventarlas, al tercer día decidimos
parar en una estación de servicio.
Yo tenía
hambre, Lucia dijo que también, eso ya me pareció una buena noticia, el
restaurante estaba casi vacío. Tenía esas mesas de plástico que hacen que
cualquier comida parezca menos importante de lo que realmente es, nos sentamos
junto a una ventana.
—¿Qué se
te antoja?
—Lo que
sea.
—Eso no
existe.
—Elige
tú.
—¿Hamburguesa?
—Sí.
—¿Papas?
—Sí.
—¿Gaseosa?
—Sí.
La miré.
—Hoy
estás muy colaboradora.
Ella
soltó una pequeña risa, una melodía hermosa que no había escuchado en mucho
tiempo, Y entonces el mundo entero pareció acomodarse en su lugar, comenzamos a
conversar, no sobre nosotros, eso todavía parecía imposible, pero cada palabra
se sentía como un milagro, hablamos de la comida, del viaje, de un hombre que
había entrado al restaurante con un sombrero tan absurdamente enorme que casi
no pasa por la puerta, de una señora que discutía con la máquina de café, de
unos niños en la calle que intentaban, sin mucho éxito, domar a un perrito
salchicha que corría en círculos persiguiendo su propia cola, ver sus ojos
brillar mientras hablábamos de cualquier tontería fue, sin duda, el mejor
momento de mi año.
Lucia se
rio un par de veces más, yo intenté no demostrar cuánto me alegraba, porque
cuando quieres demasiado que alguien vuelva a quererte, cualquier pequeña
muestra de cariño puede convertirse en un portento hermoso, verla sonreír era
mi serendipia. Terminamos de comer.
—Quiero
un helado —dijo Lucia.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿De qué?
Me miró
como si la pregunta fuera ridícula.
—Adivina.
Sonreí.
—Menta
con chocolate.
Ella
levantó una ceja.
—¿Todavía
te acuerdas?
—Me
acuerdo de todo.
Me
levanté.
—Espera
aquí.
Salí del
restaurante y crucé hacia el pequeño local frente a la acera, mientras caminaba
pensé que quizá, finalmente, las cosas estaban mejorando, quizá el viaje había
funcionado, quizá todavía había una posibilidad para nosotros, compré el helado
de menta con chispas de chocolate, ese era su favorito, o al menos eso creía.
Volví al
restaurante sosteniendo el vaso con cuidado para que no se derritiera.
—Mira lo
que te…
Me detuve
en seco frente a la mesa, la silla estaba vacía, al principio un destello de
lógica intentó calmarme: pensé que simplemente había ido al baño a lavarse las
manos. Con esa falsa tranquilidad dejé los dos helados sobre la mesa. Me senté
a esperar, pasaron cinco minutos, luego diez, a los quince minutos el helado de
Lucia ya era un charco pegajoso en la bandeja y mi tranquilidad se había
esfumado por completo.
Me
levanté de golpe, derribando casi la silla y me acerqué al mostrador para preguntar
a una de las empleadas, le describí la ropa de Lucia, su cabello, pero la mujer
solo negó con la cabeza, con una indiferencia que me dolió; nadie la había
visto salir por la puerta principal.
Corrí
hacia los baños del fondo; empujé la puerta con fuerza y entré gritando su
nombre, sin importarme si incomodaba a alguien. Nada. Solo el eco de mis
propios pasos y el olor a desinfectante barato.
Regresé
al salón del restaurante, con el corazón golpeándome las costillas. Recorrí las
mesas con la mirada. El sitio que habíamos ocupado seguía desierto, con el
helado completamente derretido.
Entonces
la desesperación me empujó hacia el exterior. Salí corriendo y la luz del sol
me cegó por un segundo. Comencé a caminar frenéticamente alrededor de la
estación de servicio, bordeando las paredes de ladrillo, grité su nombre con
las manos temblorosas una vez, dos veces, diez veces. Nada, nadie respondía.
Pensé en
todas las posibilidades, que estuviera molesta, que hubiera conocido a alguien,
que hubiera decidido irse, que yo hubiera hecho algo tan terrible que
finalmente hubiera decidido abandonarme.
Seguí
buscándola, cada vez más rápido, cada vez más desesperado, hasta que ya no pude
contener las lágrimas.
—Lucia.
La llamé
una vez más, mi voz se quebró.
—Lucia,
por favor.
No
respondió y entonces pensé algo que todavía hoy me cuesta admitir, pensé que
quizá la había perdido
Y no
sabía por qué.
LUCIA
La
primera vez que vi a Lucas no pensé que pudiera hacerme daño, creo que esa es
la parte que más me cuesta contar, no porque sea la más terrible, sino porque,
cuando uno sabe cómo termina una historia, empieza a preguntarse en qué momento
debió darse cuenta de que algo estaba mal. Yo tampoco me di cuenta.
Lo conocí
en el trabajo, no trabajábamos exactamente en el mismo equipo, pero
coincidíamos con suficiente frecuencia como para terminar conversando. Primero
fueron cosas pequeñas: un comentario sobre la fotocopiadora de la oficina, una
queja sobre el aire acondicionado, alguna broma durante el almuerzo.
Lucas
tenía facilidad para hacer reír, eso era lo que más me gustaba de él, parecía
no tomarse demasiado en serio nada. Cuando algo salía mal, encontraba una
manera de convertirlo en una anécdota.
Una vez
se quedó encerrado en el baño de la oficina durante casi veinte minutos porque
la cerradura se había atascado. Cuando finalmente consiguió salir, llegó a la
sala de reuniones con la camisa arrugada y dijo:
—Solo
diré que ya estaba calculando cuánta agua me quedaba en el tanque para
sobrevivir el fin de semana.
Todos se
rieron, claro que yo también, él me miró, no fue una mirada larga. Pero fue
suficiente.
Después
de eso empezamos a almorzar juntos, al principio éramos simplemente dos
compañeros que coincidían a la misma hora. Después empezamos a buscarnos, él
sabía qué comida me gustaba, yo sabía que odiaba el yogurt, él sabía que yo
pedía café sin azúcar, yo sabía que siempre partía el sándwich a la mitad
exacta antes de dar el primer bocado. Nos fuimos acostumbrando el uno al otro.
Y eso fue
todo, o eso creí. Nunca hablamos de lo que sentíamos, nunca hubo una
declaración, Nunca hubo un beso.
Solo esa
especie de promesa silenciosa que dos personas construyen cuando empiezan a
gustarse y ninguna quiere ser la primera en arruinarlo, yo esperaba, él,
aparentemente, también.
Entonces
llegó aquel jueves, recuerdo perfectamente la noche, estaba en casa cuando
recibí el mensaje, era de él. No decía mucho, quería verme, me quedé quieta al
borde de la cama, con el teléfono iluminando mi rostro, volví a bajar la mirada
a la pantalla, el mensaje seguía ahí, inalterable, un texto breve, directo,
casi urgente: "¿Estas libre? ven al parque ahora, quiero verte".
Una
calidez repentina me subió por el pecho hasta dibujarme una sonrisa
involuntaria, de esas que uno intenta esconder incluso cuando está solo.
Pensé que
finalmente iba a suceder, el chico de la oficina quería verse conmigo, tal vez
quería decirme que yo le gustaba, tal vez quería preguntarme si quería estar
con él.
Tal vez
simplemente quería hablar, pero yo ya había construido toda una historia antes
de salir de casa. Abrí el armario, me probé tres blusas, me cambié los zapatos,
me miré en el espejo, volví a cambiarme.
Parecía
ridículo, tenía una cita, eso era todo. Pero para mí era mucho más, había
esperado meses, quizá años. No sé, Hay personas que llegan a nuestra vida sin
hacer ruido y terminan ocupando un espacio enorme, él era así.
Cuando
salí de casa pensé que aquella noche podía cambiarlo todo. No sabía que iba a
cambiarlo todo, Solo que de una manera completamente distinta.
El parque
estaba casi vacío, era más tarde de lo que había pensado, las luces del camino
iluminaban apenas algunos metros y después dejaban grandes espacios de
oscuridad, caminé mirando el teléfono por si había algún nuevo mensaje, pensé
que quizá se había retrasado, seguí avanzando fue entonces que escuché pasos,
me giré, pero no vi a nadie, seguí caminando.
Los pasos
volvieron, esta vez más cerca, todo ocurrió demasiado rápido.
Una mano,
un brazo alrededor del cuello, un olor extraño, intenté gritar, no pude. Sentí
que alguien me cubría la cabeza con algo, una capucha negra, intenté golpearlo,
intenté correr, intenté morder. Entonces sentí el golpe.
No
recuerdo haber caído, pero recuerdo el dolor, después, nada.
Cuando
desperté no sabía dónde estaba, lo primero que sentí fue frío, después dolor,
después miedo; intenté moverme, pero no pude, tenía las piernas sujetas a una
cadena, la escuché antes de verla, ese sonido metálico me hizo comprender que
aquello no era una pesadilla.
Empecé a
gritar, grité hasta que me dolió la garganta, pedí ayuda, insulté, lloré,
golpeé el suelo, nadie respondió. Entonces escuché una puerta, alguien bajaba
unas escaleras, me quedé quieta, la persona apareció al final del sótano. Era
Lucas.
Por unos
segundos mi cabeza se negó a reconocerlo, lo miré, él me miró y sonrió.
—Lucia.
No pude
hablar.
—Tranquila.
Retrocedí
todo lo que pude hasta que la cadena se tensó.
—No te
voy a hacer daño.
Entonces
mi cabeza gritó antes que mi voz: Sí me vas a hacer daño.
—¿Dónde
estoy?
Lucas se
acercó.
—Necesitas
calmarte.
—¡Déjame
salir!
—Lucia...
—¡Déjame
salir!
Se agachó
frente a mí, tenía una expresión que no había visto nunca, no parecía furioso,
eso fue peor. Parecía preocupado, como si estuviera cuidando a alguien enfermo.
—Todo
esto lo hago por ti.
No
entendí.
—¿Qué?
—Por
nosotros.
Sentí que
el estómago se me cerraba.
—Estás
loco.
Su
expresión cambió apenas.
—No digas
eso.
—¡Estás
loco!
Lucas
suspiró.
—Ese
hombre no te conviene.
Tardé
unos segundos en entender de quién hablaba, entonces lo comprendí, del trabajo,
del chico que me había citado aquella noche, Lucas lo sabía, no sabía cómo, no
sabía desde cuándo. Pero lo sabía.
—¿Qué le
hiciste?
No
respondió.
—¿Qué le
hiciste?
—Nada.
—¿Dónde
está?
—Eso no
importa.
—¡¿Dónde
está?!
Lucas
bajó la mirada, tragó saliva, después volvió a mirarme.
—Si haces
las cosas bien, vas a entender.
Comencé a
llorar.
—Quiero
irme.
—Lo sé.
—Por
favor.
—Sólo
quiero que seas feliz.
—Nunca
contigo.
Esa fue
la primera vez que lo vi perder la paciencia, una tormenta de odio estalló en
su mirada, esos ojos despojados de cualquier rastro de humanidad, sentí el
impacto seco y brutal estrellándose en mi mandíbula, el golpe llegó antes de
que pudiera protegerme, después recuerdo el suelo y el silencio.
Los días
siguientes perdieron sus nombres, no sabía si era lunes o viernes, no sabía si
afuera era de día, no tenía ventanas, solo una puerta, una bombilla, una cama,
un recipiente con agua, comida a determinadas horas y Lucas. Siempre Lucas.
A veces
hablaba conmigo durante horas, otras veces se sentaba frente a mí y permanecía
en silencio, me contaba historias que no tenían sentido, me hablaba de nuestros
almuerzos, de las bromas que habíamos hecho, de las veces que me había
acompañado hasta mi casa, intentaba construir una historia en la que todo
aquello pareciera normal, como si yo hubiera olvidado algo, como si el problema
fuera mi memoria.
—Tú me
quieres —me decía.
Yo no
respondía.
—Solo
estás confundida.
Yo lo
miraba.
—Cuando
salgas de aquí vas a entender.
No sabía
qué significaba "salir", a veces pensaba que nunca iba a salir, otras
veces pensaba en escapar, medía las distancias, observaba las cerraduras,
esperaba que dejara una puerta abierta. Una vez conseguí levantarme cuando él
se fue, llegué hasta las escaleras, solo eso, no alcancé la puerta. El me
encontró y sepultó mis ganas de huir bajo el peso de sus puños.
Después
de aquello entendí que cualquier intento de escapar podía terminar peor, así
que aprendí, aprendí a callarme, a no mirarlo demasiado, a no contradecirlo, a
reconocer sus pasos, a distinguir por el sonido de la llave si venía tranquilo
o furioso, aprendí algo todavía más difícil: a fingir.
Pasaron
semanas, una tarde Lucas bajó al sótano con una noticia.
—Vamos a
salir.
Lo miré
sin responder.
—En el
auto.
Sentí
miedo, muchísimo miedo, pero no lo demostré.
—¿Adónde?
—De
paseo.
Sonrió.
—Todo
Sudamérica.
Pensé que
estaba bromeando, no lo estaba, me explicó que, si me portaba bien, podía
acompañarlo, que necesitaba confiar en él, que quería demostrarme que las cosas
podían ser diferentes.
Yo
asentí, por dentro sentía que iba a vomitar.
—¿Puedo
salir del sótano?
—Sí.
—¿Sin la
cadena?
Me miró.
—Si te portas
bien.
Entonces
entendí lo que quería, no quería una prisionera, él quería una novia. Una mujer
que pareciera estar allí porque quería, una mujer que se sentara a su lado en
el automóvil, que sonriera, que conversara, que hiciera creer a cualquiera que
nos viera que éramos una pareja viajando en auto. Y tuve una idea.
Si eso
era lo que necesitaba para mantenerme viva, podía hacerlo, así que empecé a
cambiar, no de verdad, solo delante de él.
Le
hablaba, le preguntaba cosas, le sonreía cuando esperaba que lo hiciera, me
reía de sus bromas, le decía que estaba cansada, que tenía hambre, que quería
dormir, cosas normales.
Lucas
estaba feliz, era casi conmovedor verlo, si no hubiera sabido quién era.
El día
que salimos del sótano, el aire exterior me golpeó la cara como un recordatorio
violento de que el mundo seguía existiendo. Mis piernas, desacostumbradas al
peso de mi propio cuerpo y al espacio abierto, temblaban tanto que parecía que
me podía descompensar, sentía los músculos tensos, al borde de un colapso
nervioso.
Lucas
había preparado el vehículo meticulosamente durante las últimas noches,
revisando los niveles y cubriendo las ventanas traseras con mantas oscuras.
Casi sin
aire me arrastré hasta el asiento del acompañante, cerró mi puerta, a través
del parabrisas sucio lo vi rodear el capó, abrió la puerta del conductor, se
sentó al volante. El viaje acababa de empezar.
—¿Estás
bien?
Asentí.
—¿Segura?
—Sí.
Arrancó,
durante los primeros kilómetros el silencio se volvió denso. Yo mantuve la
mirada fija en la ventana, concentrada en el desfile borroso de árboles y
postes de luz, repitiéndome mentalmente que no debía voltear, no quería
mirarlo, tenía pánico de que, si cruzábamos miradas, él descubriera en mis ojos
el miedo devorador que me consumía por dentro.
De vez en
cuando miraba la palma de mi mano, miraba fijamente la piel abierta, esa línea
irregular y costrosa que me había hecho días atrás, un recordatorio del metal
frío de la cadena cuando intenté tirar de ella con todas mis fuerzas,
desesperada por arrancar los eslabones y huir de él.
Cuando
notaba su mirada clavada en mí, cerraba el puño despacio, ocultando la carne
viva, y bajaba la mano, en sus ojos había una extraña mezcla de recelo y
confusión.
Opte por
permanecer completamente callada, midiendo incluso la intensidad de mi
respiración. Lucas intentó conversar, me hizo preguntas, contó chistes, puso
música, me preguntó si estaba cómoda.
Cada
cierto tiempo me miraba, yo respondía lo mínimo, no porque estuviera enojada,
era porque tenía miedo.
Lucas
intento romper el hielo, su tono de voz sonaba forzado, empezó a hacerme
preguntas casuales sobre el paisaje, recordó un par de chistes sin gracia que
repitió un par de veces y, al no obtener respuesta, encendió la radio. Una
melodía morriñosa comenzó a sonar, rebotando grotescamente contra los
cristales.
Cada
cierto tiempo sentía el peso de sus ojos buscándome desde el espejo retrovisor
o girando levemente la cabeza, yo me limité a responder lo mínimo, con
monosílabos apagados, no lo hacía porque estuviera enojada con él; estaba muda porque
el miedo me tenía la garganta anudada
Pero el
parecía no entenderlo, o quizá entendía perfectamente y prefería llamarlo de
otra manera, viajamos durante días, recuerdo los campos, los valles, el mar,
los pueblitos, los túneles, las estaciones de servicio.
Lucas
estaba emocionado, parecía estar cumpliendo un sueño, para mi cada kilómetro
era una pregunta ¿Cuánto faltaba?, ¿a dónde íbamos?, ¿qué pasaría si alguien
descubría la verdad?, ¿Podría pedir ayuda?, no sabía.
Por eso
miraba por la ventana, era lo único que podía hacer, a veces veía personas,
familias, parejas, niños, gente que caminaba sin saber que yo estaba allí.
Pensaba en gritar, una sola palabra: Ayuda.
Pero
Lucas estaba demasiado cerca y yo sabía de lo que era capaz, en una estación de
servicio paramos a comer, yo llevaba horas sin decir prácticamente nada, Lucas
parecía preocupado.
—¿Estás
molesta conmigo?
Negué con
la cabeza.
—¿Entonces?
—Estoy
cansada.
Era
verdad, nos sentamos, él empezó a hacer comentarios sobre la comida, después
sobre el restaurante, después sobre un hombre que llevaba un sombrero
ridículamente enorme, sin querer, me reí, fue una risa pequeña. Pero Lucas
pareció iluminarse.
Lo miré
fijamente, tragándome las palabras que realmente quería gritar. El continúo
hablando con un entusiasmo casi febril, con los ojos encendidos por una ilusión
que a mí me revolvía el estómago. Por unos minutos forcé mis labios a imitar
una sonrisa y me permití seguirle la corriente; no por que sufriera de síndrome
de Estocolmo, ni mucho menos porque hubiera empezado a quererlo, lo hacía
porque la lógica más pura y fría me dictaba que el camuflaje era mi mejor
opción, era puro instinto de supervivencia.
Mientras
él se ahogaba en su propio monólogo, mis ojos recorrieron el entorno, buscando
alguna anomalía, alguna rendija en su guardia. Entonces un destello de luz,
recordé la heladería, lo había visto antes de entrar justo al otro lado de la
calle, aquel letrero parpadeante dejo de ser un simple antojo y se transformó en
algo mucho más valioso: una distracción para trazar mi ruta de escape.
—Quiero
un helado.
Lucas
sonrió.
—¿De qué?
Lo miré.
—Adivina.
Sabía
exactamente qué iba a decir.
—Menta
con chocolate.
Sonreí.
—Sí.
Se
levantó.
—Espera
aquí.
Lo
observé alejarse, lo vi cruzar la pesada puerta de vidrio del restaurante, en
ese momento mi pecho experimentó una sístole peculiar, respiré profundamente.
Esta era la oportunidad no sabía si tendría otra, fue cuando miré alrededor, la
puerta, la salida, las personas, el estacionamiento.
Lucas
estaba de espaldas, cruzando la calle, obligué a mis ojos a moverse, examinando
el entorno con una lucidez desesperada; detallé la distancia hacia la puerta,
me levanté, primero caminé, mantuve un paso firme, medido, conteniendo el
impulso primitivo de salir huyendo a toda prisa, todavía no era el momento, no
corrí, todavía no.
Salí del
restaurante, sintiendo el impacto del aire frío después avancé unos metros,
esperé, nadie gritó, nadie me detuvo por el brazo, nadie me golpeó para
regresarme a la sombra, realmente estaba sucediendo. Realmente podía escapar.
Entonces el miedo se transformó en pura adrenalina, corrí, corrí sin mirar atrás, con el pánico de que una mano conocida me sujetara del hombro, corrí, no sabía hacia dónde me dirigían mis pasos, no reconocía las esquinas, ni sabía con certeza en que parte de la ciudad estaba, solo sabía una cosa, una verdad absoluta que me empujaba hacia adelante, Lucas no podía encontrarme y por primera vez en semanas, mientras los pulmones me ardían y el viento me azotaba la cara, sentí algo limpio, algo que se parecía mucho a la libertad.


Publicar un comentario