martes, 6 de octubre de 2026

Lucas y Lucia

LUCAS

No recuerdo exactamente cuándo empezó a quedarse callada, quizá fue en Bogotá o en alguna carretera de Ecuador, cuando llevábamos cinco horas conduciendo y ella seguía mirando por la ventana como si del otro lado del vidrio estuviera ocurriendo algo mucho más interesante que mi existencia.

Lo cierto es que para entonces yo ya había desarrollado una teoría: Lucia estaba molesta conmigo, era cortante, irascible.

No sabía por qué, eso era lo peor, uno puede soportar que alguien esté molesto contigo cuando conoce el motivo. Hay algo casi tranquilizador en la culpa cuando tiene nombre. Uno puede pedir perdón, explicar, prometer. Puede incluso hacer el ridículo, que a veces es la forma más sincera de pedir disculpas. Pero cuando no sabes qué hiciste, todo se vuelve más difícil.

—¿Quieres que paremos?

Lucia no respondió, sólo miraba por la ventana.

—¿Café?

Nada.

—¿Música?

Silencio.

—¿Quieres que te cuente un chiste?

Esta vez giró apenas la cabeza.

—No.

Sonreí.

—Bueno. tampoco nos volvamos locos hablando tanto.

No sonrió, yo sí.

A veces uno se ríe solo para evitar que el silencio termine ganando, habíamos salido de Cusco tres días antes, con el corazón ligero y los mapas guardados en la guantera, nuestra idea original era recorrer Sudamérica sin demasiados planes, queríamos la libertar absoluta, dormir donde encontráramos una habitación disponible con sábanas frescas, comer lo que nos provocara y detenernos cuando apareciera un paisaje bonito ante el parabrisas.

 Fue Lucia quien lo había dicho esa noche, que quería conocer pequeñas ciudades, paisajes miríficos que te quitan el aliento y pueblos que se resistieron con orgullo a aparecer en las guías turísticas, esos sitios donde las calles parecen haber sido construidas antes de que alguien inventara la palabra turismo.

Yo había dicho que sí a todo, la verdad siempre decía que sí cuando se trataba de ella.

Ahora, sin embargo, parecía que cualquier cosa que yo dijera podía empeorar las cosas.

—¿Estás cómoda?

—Sí.

—¿Segura?

—Sí.

—Porque podemos parar.

—Estoy bien, Lucas.

Había algo extraño en la manera en que decía mi nombre, cómo si le pesara, cómo si tuviera que obligarse a pronunciarlo; pero yo preferí no darle importancia, cogí el volante con más fuerza de lo normal y seguí conduciendo.

En la radio sonaba una canción antigua, My kinda scena de Powderfinger, una melodía rota y nostálgica que parecía musicalizar la atmosfera que se sentía.

Afuera, Sudamérica pasaba lentamente, los campos verdes andinos, valles profundos, pueblos diminutos, tejados rojizos que brillaban bajo el sol, iglesias con torres puntiagudas, luego el norte, con sus dunas inmensas que mueren en el océano, playas solitarias, luego la exuberancia tropical.

De vez en cuando, Lucia levantaba el teléfono y miraba la pantalla, nunca escribía nada, solo miraba y volvía a guardarlo, yo pensaba que quizá esperaba un mensaje, quizá de alguien, ese pensamiento me incomodaba, pero lo apartaba rápidamente.

No puedo arruinar todo con estúpidos celos, además, había decidido que aquel viaje iba a arreglar las cosas, aunque no sabía exactamente qué cosas.

El trayecto en el auto se convirtió en un escenario donde yo era el único actor intentando sostener una obra que se caía a pedazos, nuestra relación llevaba semanas convirtiéndose en algo difícil de explicar era desgastante, seguíamos juntos, al menos eso creía, seguíamos durmiendo en la misma cama, comiendo juntos, haciendo planes. Pero había momentos en los que Lucia parecía encontrarse a kilómetros de distancia, aunque estuviera sentada junto a mí.

Por eso había organizado el viaje, no se lo dije, pero esa era la verdadera razón. Quería recuperarla, quería volver a verla reír conmigo, quería que me mirara como antes, quizá por eso me esforzaba demasiado.

Durante el camino iba acumulando chistes, hice imitaciones ridículas de uno que otro personaje con la esperanza de sacarle una sonrisa, modulé la voz para gritar dramáticamente: "¡Un niño floto sobre mí y voló un auto con su rasho láser!", unos kilómetros más adelante, al cruzar un pueblo, bajé la ventanilla para preguntar, a la nada, por la dirección de "P. Sherman, calle Wallaby 42, Sídney". Inventé nombres para los pueblos, canté a todo pulmón canciones que no sabía cantar, inventándome el inglés y los coros con un dramatismo exagerado, Lucia no se rio, yo sí.

—Perfecto —dije—. Acabamos de entrar oficialmente a Medellín.

—No estamos en Medellín.

—Ya lo sé.

—Estamos en Tunja.

—Eso también lo sé.

Me miró.

—Te equivocaste de carretera.

—Eso es distinto.

Por primera vez en horas, la vi hacer algo parecido a una sonrisa, fue pequeña, duró apenas un segundo, pero me aferré a ella como un náufrago a una tabla.

—Ahí está —dije.

Lucia frunció el ceño.

—¿Qué?

—Nada.

Volvió a mirar por la ventana, yo continué conduciendo, aquel segundo me pareció suficiente para seguir intentándolo. La noche anterior habíamos dormido en un hotel barato cerca de una autopista. La habitación tenía una alfombra que probablemente había sido blanca algunos años atrás y una ducha que tardaba tanto en calentarse que al final uno prefería hacerlo con agua fría, helada.

Lucia se acostó sin decir mucho, pensé que era buen momento e intenté conversar, le pregunté qué quería hacer al día siguiente.

No respondió.

Le pregunté si quería conocer algún lugar en particular, por la zona había algunos lugares pintorescos, hasta instagrameables.

Nada.

Le pregunté si estaba cansada.

—Sí.

Entonces dejé de preguntar, me acosté bocarriba a su lado, con los brazos rígidos y los ojos fijos en las grietas del techo, a los poco minutos el ritmo de su respiración cambió, pausado y profundo. Yo no podía dormir, me seguía preguntando qué había hecho mal, repasé mentalmente las últimas semanas, esa dolorosa revisión mental que tiene el peso de la culpa y el autorreproche, como quien busca el origen de un desastre.

¿Había dicho algo?, ¿Había olvidado alguna fecha?, ¿Había sido demasiado insistente?, ¿Había trabajado demasiado?, ¿Había mirado a otra mujer?, no encontré ninguna respuesta.

Y cuando uno no encuentra respuestas, comienza a inventarlas, al tercer día decidimos parar en una estación de servicio.

Yo tenía hambre, Lucia dijo que también, eso ya me pareció una buena noticia, el restaurante estaba casi vacío. Tenía esas mesas de plástico que hacen que cualquier comida parezca menos importante de lo que realmente es, nos sentamos junto a una ventana.

—¿Qué se te antoja?

—Lo que sea.

—Eso no existe.

—Elige tú.

—¿Hamburguesa?

—Sí.

—¿Papas?

—Sí.

—¿Gaseosa?

—Sí.

La miré.

—Hoy estás muy colaboradora.

Ella soltó una pequeña risa, una melodía hermosa que no había escuchado en mucho tiempo, Y entonces el mundo entero pareció acomodarse en su lugar, comenzamos a conversar, no sobre nosotros, eso todavía parecía imposible, pero cada palabra se sentía como un milagro, hablamos de la comida, del viaje, de un hombre que había entrado al restaurante con un sombrero tan absurdamente enorme que casi no pasa por la puerta, de una señora que discutía con la máquina de café, de unos niños en la calle que intentaban, sin mucho éxito, domar a un perrito salchicha que corría en círculos persiguiendo su propia cola, ver sus ojos brillar mientras hablábamos de cualquier tontería fue, sin duda, el mejor momento de mi año.

Lucia se rio un par de veces más, yo intenté no demostrar cuánto me alegraba, porque cuando quieres demasiado que alguien vuelva a quererte, cualquier pequeña muestra de cariño puede convertirse en un portento hermoso, verla sonreír era mi serendipia. Terminamos de comer.

—Quiero un helado —dijo Lucia.

—¿Ahora?

—Sí.

—¿De qué?

Me miró como si la pregunta fuera ridícula.

—Adivina.

Sonreí.

—Menta con chocolate.

Ella levantó una ceja.

—¿Todavía te acuerdas?

—Me acuerdo de todo.

Me levanté.

—Espera aquí.

Salí del restaurante y crucé hacia el pequeño local frente a la acera, mientras caminaba pensé que quizá, finalmente, las cosas estaban mejorando, quizá el viaje había funcionado, quizá todavía había una posibilidad para nosotros, compré el helado de menta con chispas de chocolate, ese era su favorito, o al menos eso creía.

Volví al restaurante sosteniendo el vaso con cuidado para que no se derritiera.

—Mira lo que te…

Me detuve en seco frente a la mesa, la silla estaba vacía, al principio un destello de lógica intentó calmarme: pensé que simplemente había ido al baño a lavarse las manos. Con esa falsa tranquilidad dejé los dos helados sobre la mesa. Me senté a esperar, pasaron cinco minutos, luego diez, a los quince minutos el helado de Lucia ya era un charco pegajoso en la bandeja y mi tranquilidad se había esfumado por completo.

Me levanté de golpe, derribando casi la silla y me acerqué al mostrador para preguntar a una de las empleadas, le describí la ropa de Lucia, su cabello, pero la mujer solo negó con la cabeza, con una indiferencia que me dolió; nadie la había visto salir por la puerta principal.

Corrí hacia los baños del fondo; empujé la puerta con fuerza y entré gritando su nombre, sin importarme si incomodaba a alguien. Nada. Solo el eco de mis propios pasos y el olor a desinfectante barato.

Regresé al salón del restaurante, con el corazón golpeándome las costillas. Recorrí las mesas con la mirada. El sitio que habíamos ocupado seguía desierto, con el helado completamente derretido.

Entonces la desesperación me empujó hacia el exterior. Salí corriendo y la luz del sol me cegó por un segundo. Comencé a caminar frenéticamente alrededor de la estación de servicio, bordeando las paredes de ladrillo, grité su nombre con las manos temblorosas una vez, dos veces, diez veces. Nada, nadie respondía.

Pensé en todas las posibilidades, que estuviera molesta, que hubiera conocido a alguien, que hubiera decidido irse, que yo hubiera hecho algo tan terrible que finalmente hubiera decidido abandonarme.

Seguí buscándola, cada vez más rápido, cada vez más desesperado, hasta que ya no pude contener las lágrimas.

—Lucia.

La llamé una vez más, mi voz se quebró.

—Lucia, por favor.

No respondió y entonces pensé algo que todavía hoy me cuesta admitir, pensé que quizá la había perdido

Y no sabía por qué.

 

LUCIA

La primera vez que vi a Lucas no pensé que pudiera hacerme daño, creo que esa es la parte que más me cuesta contar, no porque sea la más terrible, sino porque, cuando uno sabe cómo termina una historia, empieza a preguntarse en qué momento debió darse cuenta de que algo estaba mal. Yo tampoco me di cuenta.

Lo conocí en el trabajo, no trabajábamos exactamente en el mismo equipo, pero coincidíamos con suficiente frecuencia como para terminar conversando. Primero fueron cosas pequeñas: un comentario sobre la fotocopiadora de la oficina, una queja sobre el aire acondicionado, alguna broma durante el almuerzo.

Lucas tenía facilidad para hacer reír, eso era lo que más me gustaba de él, parecía no tomarse demasiado en serio nada. Cuando algo salía mal, encontraba una manera de convertirlo en una anécdota.

Una vez se quedó encerrado en el baño de la oficina durante casi veinte minutos porque la cerradura se había atascado. Cuando finalmente consiguió salir, llegó a la sala de reuniones con la camisa arrugada y dijo:

—Solo diré que ya estaba calculando cuánta agua me quedaba en el tanque para sobrevivir el fin de semana.

Todos se rieron, claro que yo también, él me miró, no fue una mirada larga. Pero fue suficiente.

Después de eso empezamos a almorzar juntos, al principio éramos simplemente dos compañeros que coincidían a la misma hora. Después empezamos a buscarnos, él sabía qué comida me gustaba, yo sabía que odiaba el yogurt, él sabía que yo pedía café sin azúcar, yo sabía que siempre partía el sándwich a la mitad exacta antes de dar el primer bocado. Nos fuimos acostumbrando el uno al otro.

Y eso fue todo, o eso creí. Nunca hablamos de lo que sentíamos, nunca hubo una declaración, Nunca hubo un beso.

Solo esa especie de promesa silenciosa que dos personas construyen cuando empiezan a gustarse y ninguna quiere ser la primera en arruinarlo, yo esperaba, él, aparentemente, también.

Entonces llegó aquel jueves, recuerdo perfectamente la noche, estaba en casa cuando recibí el mensaje, era de él. No decía mucho, quería verme, me quedé quieta al borde de la cama, con el teléfono iluminando mi rostro, volví a bajar la mirada a la pantalla, el mensaje seguía ahí, inalterable, un texto breve, directo, casi urgente: "¿Estas libre? ven al parque ahora, quiero verte".

Una calidez repentina me subió por el pecho hasta dibujarme una sonrisa involuntaria, de esas que uno intenta esconder incluso cuando está solo.

Pensé que finalmente iba a suceder, el chico de la oficina quería verse conmigo, tal vez quería decirme que yo le gustaba, tal vez quería preguntarme si quería estar con él.

Tal vez simplemente quería hablar, pero yo ya había construido toda una historia antes de salir de casa. Abrí el armario, me probé tres blusas, me cambié los zapatos, me miré en el espejo, volví a cambiarme.

Parecía ridículo, tenía una cita, eso era todo. Pero para mí era mucho más, había esperado meses, quizá años. No sé, Hay personas que llegan a nuestra vida sin hacer ruido y terminan ocupando un espacio enorme, él era así.

Cuando salí de casa pensé que aquella noche podía cambiarlo todo. No sabía que iba a cambiarlo todo, Solo que de una manera completamente distinta.

El parque estaba casi vacío, era más tarde de lo que había pensado, las luces del camino iluminaban apenas algunos metros y después dejaban grandes espacios de oscuridad, caminé mirando el teléfono por si había algún nuevo mensaje, pensé que quizá se había retrasado, seguí avanzando fue entonces que escuché pasos, me giré, pero no vi a nadie, seguí caminando.

Los pasos volvieron, esta vez más cerca, todo ocurrió demasiado rápido.

Una mano, un brazo alrededor del cuello, un olor extraño, intenté gritar, no pude. Sentí que alguien me cubría la cabeza con algo, una capucha negra, intenté golpearlo, intenté correr, intenté morder. Entonces sentí el golpe.

No recuerdo haber caído, pero recuerdo el dolor, después, nada.

Cuando desperté no sabía dónde estaba, lo primero que sentí fue frío, después dolor, después miedo; intenté moverme, pero no pude, tenía las piernas sujetas a una cadena, la escuché antes de verla, ese sonido metálico me hizo comprender que aquello no era una pesadilla.

Empecé a gritar, grité hasta que me dolió la garganta, pedí ayuda, insulté, lloré, golpeé el suelo, nadie respondió. Entonces escuché una puerta, alguien bajaba unas escaleras, me quedé quieta, la persona apareció al final del sótano. Era Lucas.

Por unos segundos mi cabeza se negó a reconocerlo, lo miré, él me miró y sonrió.

—Lucia.

No pude hablar.

—Tranquila.

Retrocedí todo lo que pude hasta que la cadena se tensó.

—No te voy a hacer daño.

Entonces mi cabeza gritó antes que mi voz: Sí me vas a hacer daño.

—¿Dónde estoy?

Lucas se acercó.

—Necesitas calmarte.

—¡Déjame salir!

—Lucia...

—¡Déjame salir!

Se agachó frente a mí, tenía una expresión que no había visto nunca, no parecía furioso, eso fue peor. Parecía preocupado, como si estuviera cuidando a alguien enfermo.

—Todo esto lo hago por ti.

No entendí.

—¿Qué?

—Por nosotros.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—Estás loco.

Su expresión cambió apenas.

—No digas eso.

—¡Estás loco!

Lucas suspiró.

—Ese hombre no te conviene.

Tardé unos segundos en entender de quién hablaba, entonces lo comprendí, del trabajo, del chico que me había citado aquella noche, Lucas lo sabía, no sabía cómo, no sabía desde cuándo. Pero lo sabía.

—¿Qué le hiciste?

No respondió.

—¿Qué le hiciste?

—Nada.

—¿Dónde está?

—Eso no importa.

—¡¿Dónde está?!

Lucas bajó la mirada, tragó saliva, después volvió a mirarme.

—Si haces las cosas bien, vas a entender.

Comencé a llorar.

—Quiero irme.

—Lo sé.

—Por favor.

—Sólo quiero que seas feliz.

—Nunca contigo.

Esa fue la primera vez que lo vi perder la paciencia, una tormenta de odio estalló en su mirada, esos ojos despojados de cualquier rastro de humanidad, sentí el impacto seco y brutal estrellándose en mi mandíbula, el golpe llegó antes de que pudiera protegerme, después recuerdo el suelo y el silencio.

Los días siguientes perdieron sus nombres, no sabía si era lunes o viernes, no sabía si afuera era de día, no tenía ventanas, solo una puerta, una bombilla, una cama, un recipiente con agua, comida a determinadas horas y Lucas. Siempre Lucas.

A veces hablaba conmigo durante horas, otras veces se sentaba frente a mí y permanecía en silencio, me contaba historias que no tenían sentido, me hablaba de nuestros almuerzos, de las bromas que habíamos hecho, de las veces que me había acompañado hasta mi casa, intentaba construir una historia en la que todo aquello pareciera normal, como si yo hubiera olvidado algo, como si el problema fuera mi memoria.

—Tú me quieres —me decía.

Yo no respondía.

—Solo estás confundida.

Yo lo miraba.

—Cuando salgas de aquí vas a entender.

No sabía qué significaba "salir", a veces pensaba que nunca iba a salir, otras veces pensaba en escapar, medía las distancias, observaba las cerraduras, esperaba que dejara una puerta abierta. Una vez conseguí levantarme cuando él se fue, llegué hasta las escaleras, solo eso, no alcancé la puerta. El me encontró y sepultó mis ganas de huir bajo el peso de sus puños.

Después de aquello entendí que cualquier intento de escapar podía terminar peor, así que aprendí, aprendí a callarme, a no mirarlo demasiado, a no contradecirlo, a reconocer sus pasos, a distinguir por el sonido de la llave si venía tranquilo o furioso, aprendí algo todavía más difícil: a fingir.

Pasaron semanas, una tarde Lucas bajó al sótano con una noticia.

—Vamos a salir.

Lo miré sin responder.

—En el auto.

Sentí miedo, muchísimo miedo, pero no lo demostré.

—¿Adónde?

—De paseo.

Sonrió.

—Todo Sudamérica.

Pensé que estaba bromeando, no lo estaba, me explicó que, si me portaba bien, podía acompañarlo, que necesitaba confiar en él, que quería demostrarme que las cosas podían ser diferentes.

Yo asentí, por dentro sentía que iba a vomitar.

—¿Puedo salir del sótano?

—Sí.

—¿Sin la cadena?

Me miró.

—Si te portas bien.

Entonces entendí lo que quería, no quería una prisionera, él quería una novia. Una mujer que pareciera estar allí porque quería, una mujer que se sentara a su lado en el automóvil, que sonriera, que conversara, que hiciera creer a cualquiera que nos viera que éramos una pareja viajando en auto. Y tuve una idea.

Si eso era lo que necesitaba para mantenerme viva, podía hacerlo, así que empecé a cambiar, no de verdad, solo delante de él.

Le hablaba, le preguntaba cosas, le sonreía cuando esperaba que lo hiciera, me reía de sus bromas, le decía que estaba cansada, que tenía hambre, que quería dormir, cosas normales.

Lucas estaba feliz, era casi conmovedor verlo, si no hubiera sabido quién era.

El día que salimos del sótano, el aire exterior me golpeó la cara como un recordatorio violento de que el mundo seguía existiendo. Mis piernas, desacostumbradas al peso de mi propio cuerpo y al espacio abierto, temblaban tanto que parecía que me podía descompensar, sentía los músculos tensos, al borde de un colapso nervioso.

Lucas había preparado el vehículo meticulosamente durante las últimas noches, revisando los niveles y cubriendo las ventanas traseras con mantas oscuras.

Casi sin aire me arrastré hasta el asiento del acompañante, cerró mi puerta, a través del parabrisas sucio lo vi rodear el capó, abrió la puerta del conductor, se sentó al volante. El viaje acababa de empezar.

—¿Estás bien?

Asentí.

—¿Segura?

—Sí.

Arrancó, durante los primeros kilómetros el silencio se volvió denso. Yo mantuve la mirada fija en la ventana, concentrada en el desfile borroso de árboles y postes de luz, repitiéndome mentalmente que no debía voltear, no quería mirarlo, tenía pánico de que, si cruzábamos miradas, él descubriera en mis ojos el miedo devorador que me consumía por dentro.

De vez en cuando miraba la palma de mi mano, miraba fijamente la piel abierta, esa línea irregular y costrosa que me había hecho días atrás, un recordatorio del metal frío de la cadena cuando intenté tirar de ella con todas mis fuerzas, desesperada por arrancar los eslabones y huir de él.

Cuando notaba su mirada clavada en mí, cerraba el puño despacio, ocultando la carne viva, y bajaba la mano, en sus ojos había una extraña mezcla de recelo y confusión.

Opte por permanecer completamente callada, midiendo incluso la intensidad de mi respiración. Lucas intentó conversar, me hizo preguntas, contó chistes, puso música, me preguntó si estaba cómoda.

Cada cierto tiempo me miraba, yo respondía lo mínimo, no porque estuviera enojada, era porque tenía miedo.

Lucas intento romper el hielo, su tono de voz sonaba forzado, empezó a hacerme preguntas casuales sobre el paisaje, recordó un par de chistes sin gracia que repitió un par de veces y, al no obtener respuesta, encendió la radio. Una melodía morriñosa comenzó a sonar, rebotando grotescamente contra los cristales.

Cada cierto tiempo sentía el peso de sus ojos buscándome desde el espejo retrovisor o girando levemente la cabeza, yo me limité a responder lo mínimo, con monosílabos apagados, no lo hacía porque estuviera enojada con él; estaba muda porque el miedo me tenía la garganta anudada

Pero el parecía no entenderlo, o quizá entendía perfectamente y prefería llamarlo de otra manera, viajamos durante días, recuerdo los campos, los valles, el mar, los pueblitos, los túneles, las estaciones de servicio.

Lucas estaba emocionado, parecía estar cumpliendo un sueño, para mi cada kilómetro era una pregunta ¿Cuánto faltaba?, ¿a dónde íbamos?, ¿qué pasaría si alguien descubría la verdad?, ¿Podría pedir ayuda?, no sabía.

Por eso miraba por la ventana, era lo único que podía hacer, a veces veía personas, familias, parejas, niños, gente que caminaba sin saber que yo estaba allí. Pensaba en gritar, una sola palabra: Ayuda.

Pero Lucas estaba demasiado cerca y yo sabía de lo que era capaz, en una estación de servicio paramos a comer, yo llevaba horas sin decir prácticamente nada, Lucas parecía preocupado.

—¿Estás molesta conmigo?

Negué con la cabeza.

—¿Entonces?

—Estoy cansada.

Era verdad, nos sentamos, él empezó a hacer comentarios sobre la comida, después sobre el restaurante, después sobre un hombre que llevaba un sombrero ridículamente enorme, sin querer, me reí, fue una risa pequeña. Pero Lucas pareció iluminarse.

Lo miré fijamente, tragándome las palabras que realmente quería gritar. El continúo hablando con un entusiasmo casi febril, con los ojos encendidos por una ilusión que a mí me revolvía el estómago. Por unos minutos forcé mis labios a imitar una sonrisa y me permití seguirle la corriente; no por que sufriera de síndrome de Estocolmo, ni mucho menos porque hubiera empezado a quererlo, lo hacía porque la lógica más pura y fría me dictaba que el camuflaje era mi mejor opción, era puro instinto de supervivencia.

Mientras él se ahogaba en su propio monólogo, mis ojos recorrieron el entorno, buscando alguna anomalía, alguna rendija en su guardia. Entonces un destello de luz, recordé la heladería, lo había visto antes de entrar justo al otro lado de la calle, aquel letrero parpadeante dejo de ser un simple antojo y se transformó en algo mucho más valioso: una distracción para trazar mi ruta de escape.

—Quiero un helado.

Lucas sonrió.

—¿De qué?

Lo miré.

—Adivina.

Sabía exactamente qué iba a decir.

—Menta con chocolate.

Sonreí.

—Sí.

Se levantó.

—Espera aquí.

Lo observé alejarse, lo vi cruzar la pesada puerta de vidrio del restaurante, en ese momento mi pecho experimentó una sístole peculiar, respiré profundamente. Esta era la oportunidad no sabía si tendría otra, fue cuando miré alrededor, la puerta, la salida, las personas, el estacionamiento.

Lucas estaba de espaldas, cruzando la calle, obligué a mis ojos a moverse, examinando el entorno con una lucidez desesperada; detallé la distancia hacia la puerta, me levanté, primero caminé, mantuve un paso firme, medido, conteniendo el impulso primitivo de salir huyendo a toda prisa, todavía no era el momento, no corrí, todavía no.

Salí del restaurante, sintiendo el impacto del aire frío después avancé unos metros, esperé, nadie gritó, nadie me detuvo por el brazo, nadie me golpeó para regresarme a la sombra, realmente estaba sucediendo. Realmente podía escapar.

Entonces el miedo se transformó en pura adrenalina, corrí, corrí sin mirar atrás, con el pánico de que una mano conocida me sujetara del hombro, corrí, no sabía hacia dónde me dirigían mis pasos, no reconocía las esquinas, ni sabía con certeza en que parte de la ciudad estaba, solo sabía una cosa, una verdad absoluta que me empujaba hacia adelante, Lucas no podía encontrarme y por primera vez en semanas, mientras los pulmones me ardían y el viento me azotaba la cara, sentí algo limpio, algo que se parecía mucho a la libertad.

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